Esto empezó en mi propia casa. Y yo no me lo creía.
Era 2004. Llevaba once años ejerciendo como arquitecto, dirigía mi propio estudio y una promotora inmobiliaria. La arquitectura convencional era mi vida, y como buen técnico, era escéptico de cualquier cosa que no pudiera medirse o explicarse con planos.
Por eso, cuando mi mujer y mis hijos no descansaban en nuestra nueva casa, lo achaqué al estrés, al cambio, a cualquier cosa menos al lugar donde vivíamos. Mis hijos, cansados. Mi mujer, cansada. Y yo, escuchando sin querer entender.
Pasaron unos 3 meses sin encontrar la causa. Hasta que un profesional de medicina integrativa nos sugirió algo que para mí, arquitecto, sonaba a disparate y : estudiar la propia casa. Aceptamos más por descarte que por convicción. El diagnóstico fue claro: había factores ambientales en los dormitorios. Reubicamos las camas, corregimos la instalación eléctrica y, en pocas semanas, mi familia volvió a dormir.
Tardé seis meses en rendirme a la evidencia. Seis meses viéndolos recuperar la energía. Y, en paralelo, hice el primer curso de salud del hábitat. Allí descubrí que lo nuestro no era una excepción: era la norma. Casa por casa, caso por caso, la evidencia se acumulaba y era abrumadora.
Esa toma de conciencia me cambió la vida. Y la decisión que tomé fue radical: dejé el estudio de arquitectura y la promotora, y volqué toda mi carrera en investigar, medir y divulgar la salud del hábitat.
Me formé hasta el final: cursé un Máster en Bioconstrucción, me certifiqué con el Institut für Baubiologie + Nachhaltigkeit IBN de Rosenheim —referente internacional en salud del hábitat—, ingresé en la Asociación de Estudios Geobiológicos (GEA) y adopté el estándar SBM-2024 como base de cada estudio. He colaborado con la Universitat de Barcelona, la Generalitat de Catalunya y la European Society of Integrative Medicine, y mi voz ha llegado a la prensa y la televisión estatal y autonómica y otros medios informativos de prestigio.
Pero lo más importante no son las cifras ni las colaboraciones. Es algo que descubrí pronto y que ya no me deja: lo que viví con mi familia en mi propia casa lo veo cada semana en otras familias. Casa por casa, caso por caso. Y también en los pacientes que me derivan médicos integrativos, especialistas en PNIE y oncólogos que entienden que la salud no termina en el cuerpo: empieza, también, en el lugar donde vives.
Hoy, después de treinta y un años de carrera, más de cinco mil hogares estudiados y cuatro libros publicados —el último, Venenos invisibles (Libros Cúpula, 2025)—, mi trabajo es doble: investigar y medir lo que afecta a tu salud sin que se vea, y formar a otros arquitectos, aparejadores e ingenieros para que la construcción del futuro sea, de verdad, una construcción al servicio de quienes la habitan.
Mi propósito es claro y no pienso dejarlo: cambiar la vida de las familias como cambió la mía.
Porque esto, para mí, no es una profesión. Es un legado